domingo, 11 de enero de 2015

“La mejor educación en el peor lugar, ¿funciona?”

A la pregunta: ¿es el medio un carácter decisivo a la hora de determinar el desarrollo de un individuo?, mi contestación sería un sí rotundo. La educación no se centra exclusivamente en la relación alumno-profesor, ni en los conocimientos que este último pueda transmitir al alumno, sino que en ella intervienen otro elementos decisivos, como son la familia y la sociedad (a través de la escuela). En 1966, el Informe Coleman remeció las creencias sobre el verdadero aporte de las escuelas, especialmente en sectores de pobreza (Coleman et al, 1966). La investigación se dirigió a cuatro aspectos principales: el grado de segregación de los diferentes grupos raciales y étnicos; la igualdad de oportunidades educativas en función de una serie de criterios considerados como buenos indicadores de la calidad educativa (número de laboratorios, de libros de texto, currículo académico, experiencia del profesorado, salario que perciben, educación de los padres, etc.); el aprendizaje de los alumnos, medido por su desempeño en pruebas estandarizadas; y las posibles relaciones entre el rendimiento académico y los tipos de escuelas. Los datos de Coleman indicaban que el medio que rodea al estudiante influía mucho más en los logros educativos (o en la falta de ellos) que la igualdad en los elementos físicos de la escuela, la riqueza de sus currículos o la preparación de sus profesores. Esto es, la igualdad del rendimiento educativo no se obtenía igualando las partidas presupuestarias dedicadas a la educación, lo realmente determinante eran las circunstancias del estudiante (en particular, los ingresos de los padres y su nivel educativo). Este trabajo viene por tanto a ratificar la importancia de los factores extraescolares, y la necesidad de implicar a las familias en la educación de sus hijos. En este mismo contexto, los datos del informe PISA (OCDE, 2013) evidencian cómo los resultados en las pruebas de los alumnos se ven influenciados por su nivel socioeconómico (esto es, ingresos y nivel de estudios de los padres, entre otros indicadores), aunque también por el nivel de la escuela a la que asisten (esto es, recursos socioeconómicos de que dispone el centro). Así, y concluyendo en este sentido, para una enseñanza de calidad no sólo necesitamos profesores y una base de contenidos de calidad, sino que también se convierten en elementos primordiales para la buena educación, los recursos económicos y el respaldo social y familiar del estudiante.

Sin embargo, y como defiende Francisco Muchavila en su artículo para el mundo: “Más educación, mejor futuro”, no hemos de perder la esperanza, ni cesar en nuestro empeño, pues la educación y el avance del conocimiento son las mejores armas para combatir los problemas sociales y de desarrollo. El proyecto Redes Solidarias (en Ciudad Sandino, Nicaragua) es buen ejemplo de ello. La iniciativa ha puesto en práctica una idea integral de desarrollo y educación mediante la creación de una escuela en la que, además de preescolar y primaria, las instalaciones se ordenan cuidadosamente para dar cabida a consultas médicas, laboratorio y una pequeña farmacia. No se trata pues de una simple escuela, sino que coordina iniciativas de participación ciudadana y de comercio sostenible. Este proyecto, que merece por mi parte una gran admiración, lucha día a día contra dificultades de diferente índole, como son el absentismo del profesorado, la falta de implicación parental, la precariedad del entorno, el embarazo adolescente, la falta de medios en la sanidad y la violencia de género, entre otros, y lo hace con optimismo, dados los logros y mejoras obtenidas hasta la fecha. Pero se trata de un proceso lento que requiere de constancia y, por supuesto, de plena dedicación.

Para afianzar más mi postura (ese sí rotundo) hablaremos ahora del concepto de motivación del alumno. Una conducta motivada es aquella que presenta energía, que es dirigida hacia la consecución de una meta y que es sostenida, persistente en el tiempo (Santrock, 2002). Dentro de este enfoque, el psicólogo estadounidense Abraham Maslow (Maslow, 1991) publicó una teoría sobre la motivación humana que entiende la gratificación de la necesidad como el principio más importante sobre el que se fundamenta todo desarrollo y crecimiento personal. Según Maslow el conjunto de necesidades humanas puede ordenarse jerárquicamente. Esta jerarquía está organizada de tal forma que las necesidades de déficit (supervivencia, seguridad, pertenencia y autoestima) se encuentran en la parte más baja de la pirámide (y en este orden); mientras que las necesidades de desarrollo (logros intelectuales, autorrealización) se encuentran en la parte más alta. Maslow plantea que existe un orden en el que estas necesidades deben satisfacerse; las necesidades inferiores son prioritarias, y por lo tanto, más potentes que las necesidades superiores de la jerarquía; “un hombre hambriento no se preocupa por buscar una pareja sentimental, sino, más bien, por asegurarse lo suficiente para comer”. Así, en la medida en que las necesidades de los niveles inferiores se satisfacen, predomina la motivación hacia la consecución de las necesidades de los niveles superiores. Por el contrario, conforme estas necesidades se ven frustradas, la conciencia y la motivación de una determinada persona caen bajo el dominio de los niveles inferiores. En lugares donde abundan la pobreza, el miedo, la violencia, la falta de recursos para sanidad, y en donde la satisfacción de las necesidades más básicas supone una lucha continua, la motivación y el interés por el aprendizaje y la autorrealización no tienen cabida, lamentablemente.

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